Septiembre

En Septiembre el metro de Madrid huele a aceite de coco y a crema solar. Son los resquicios en el fondo que hay que empujar con golpecitos o apretando una y otra vez el plástico blando y que a veces sueltan aire con sonido a pedo como el del ketchup que tanta gracia hace a mi hijo. Algunos guardan los restos en el armario del baño hasta el verano que viene, y otros exprimen en exceso y se untan más de lo que la piel puede absorber para terminar de una vez por todas la estación.

En Septiembre en Madrid la gente camina más ligera, seguramente con más kilos, pero como si no pesaran, elevado el ánimo, tostadita la cara y los hombros, más sonrientes que el resto del año. Es el mar y son las playas y los refugios de montaña. Es andar descalzo, otros idiomas, y dormir más en un sofá-cama demasiado blando o demasiado duro o demasiado estrecho, por fin leer un libro, cenar con amigos sin interrupciones. Y es también volver a casa, si tienes la suerte de que te guste.

Me río sola cuando camino por la calle en Septiembre y constato que no sabemos aún como vestirnos. Unos no tienen nada que empezar y otros ya estrenan para el trabajo, el nuevo curso, un nuevo maillot. En un mismo día ves chanclas y botas de ante, camisetas de tirantes y gabardinas, atuendos del turista al que le cambió la vida una chupa de cuero en New York, túnicas ibicencas y collares de piedras gigantes de mercadillo. Es un estreno-entierro. Las piedras grandes de colores y el lino blanco en Madrid no duran nada. No combinan con el gris cemento, gris piedra con manchas de pis, y los chicles se adhieren mejor al esparto que a la goma industrial pero cada Septiembre alguien lo intenta, retener un poco más el paseo marítimo, el atardecer, lo extraordinario. Como si pudiera conservarse en bisutería y ensaimadas, en chocolates traídos con cuidado en el avión.

Otra cosa que pasa en Madrid en Septiembre ¿pasará en otras ciudades también? es que cuando ya se está poniendo el sol (aunque no hay horizonte para verlo, el cielo se pone gris azulado oscuro y la piel como más naranja o rosa) la ciudad se vuelve una orquesta desafinada. Son los muchos aprendices de músico que comienzan entusiasmados las primeras lecciones: antes de cenar, han decidido, una hora de práctica. Los saxos gorgojean ininteligibles en una calle y las flautas desafinadas te saludan a la vuelta de la esquina. Amo esta orquesta de una ciudad que no se resigna a perder. No se resigna, no todavía, en septiembre, a que la vida se trate solo de trabajar, alimentarse, llevar a los niños al colegio.

Es Septiembre un comienzo, un Enero desfasado, una segunda oportunidad, un mes donde los loosers lo parecemos menos porque podemos apuntarnos a piano, aprender un idioma, comprar los libros para opositar, ahora sí, este viaje me marcó para siempre, sé quien soy, empiezo ya.

Septiembre es el mes en el que pensamos que podemos frenar el envejecimiento capilar con coco y nos prometemos que este año seguiremos leyendo y cocinando rico contra las adversidades, jugaremos más con nuestros hijos, y de vez en cuando miraremos las 8 o 9 estrellas que se ven desde aquí para recordarnos quienes somos y que tenemos un destino mucho mayor que el que nuestro puesto de trabajo nos propone cada día. 

Septiembre es el mes de los soñadores, no de los que creen que conseguirán todo lo que se propongan, sino de los que se dan por satisfechos con arrancarle una nota a la flauta, hoy.

 

Ala y mesura, feminizar la escena

Una performance de Alba Soto y Sarah Gottlieb

1. Jill Soloway y los 2000 años de producción cultural masculina

El 11 de Septiembre de 2016 Jill Soloway dio una clase magistral que llevaba como título The female Gaze. Soloway es una guionista y directora estadounidense que disfruta ahora de cierta reputación  ganada con mucho esfuerzo en el mundo audiovisual que –como casi todos- es primordialmente masculino. En su conferencia analiza “la mirada femenina” con un discurso brillante, divertido y muy emocionante. La mirada femenina dice, no existe aún, o está en potencia en muchas creadoras pero no termina de nacer porque todos llevamos puestas unas gafas de patriarcado y machismo de las que muy difícilmente nos podemos desprender, aunque queramos. Los esfuerzos por feminizar la mirada son en general bastante patéticos: consisten en triquiñuelas como darle el papel protagónico de una película de acción a una mujer que lleva top y minifalda. Y todos sabemos que la igualdad no vendrá por ahí.

Una de las frases que más me llamó la atención y que resonó en mí durante toda la semana del 8 Marzo con sus marchas y huelgas por la igualdad de mujeres y hombres, era que dado que todas las películas y series de tv que hemos visto desde el nacimiento del cine se han hecho desde la perspectiva masculina de los cuerpos y los deseos, es imposible hablar de igualdad solo porque algunas creadoras hayan empezado a valorizar y explorar su mirada. Para empezar a hablar de igualdad, dice Soloway socarrona, necesitaríamos primero unos cien años de producción audiovisual llevada a cabo desde una perspectiva femenina, y solo después de cien años de empalague fílmico de esta visión podríamos empezar a proponer un 50/50.

2. Empalagar

La performance de Alba Soto y Sarah Gottlieb es una serie de sketches en los que se utilizan el movimiento y el sonido que producen dos cuerpos de mujer, y una variedad de objetos inconexos, para meternos en la dinámica del sexo: ritmo, repetición, aceleración y, a veces, clímax. El tintineo de unas campanas, el sonido constante de una aldaba llamando a una puerta, el balanceo -siempre el balanceo de un lado al otro o de atrás hacia delante-, y también amoldarse a una mesita de café con sus límites físicos que son a la vez restricción y posibilidad de movimiento, nos hacen experimentar una orgía surrealista de dos mujeres con su entorno.

A la dinámica de la actividad del sexo, se le suma otro elemento que es la relación entre las dos intérpretes: relación de fuerza o de medida. Por un lado es como si estuvieran solas, experimentando el entorno con el ritmo de sus cuerpos, pero a veces luchan y otras se acompañan, se ayudan en una búsqueda para culminar o estabilizar algo, se ofrecen como soporte la una de la otra.

Las creadoras se dejaron llevar por los objetos que se encontraron literalmente en la calle durante la creación de la performance. Esta libre asociación espontánea rige también la obra plástica de Alba Soto en la que a un cuerpo de mujer le puede crecer un pene, que a la vez riega una planta, que alimenta a un hombre que lleva una mujer dentro con pechos lactantes (me lo estoy inventando pero podría ser cierto). Los genitales surgen en su obra con una lógica propia, más funcionales que pornográficos.

3. El nudo

Después de un rato, una parte de mi cerebro (sin duda mi “mirada masculina”) empieza a impacientarse. Me pregunto a dónde quieren llevarme, de qué podrían tratarse el nudo y el desenlace de esta pieza, ¡no se quedaran solo en esto!, ¿verdad?

El nudo, solo porque está hacía la mitad de la representación, y porque nos anuda a todos la garganta  entre la vergüenza y el placer, lo ofrece la interpretación brillante de Sarah Gottlieb, apoyada escénicamente por su compañera, de un orgasmo.

La película Cuando Harry encontró a Sally se hizo famosa por el orgasmo que interpretaba Meg Ryan frente a su futuro novio en una cafetería neoyorquina, el de Sarah es un millón de veces más contundente en energía y credibilidad. El de Sally es un orgasmito frío, corto, ascendente, representacional y muy masculino. Me imagino que los guionistas, directores, cámaras -asumo que todos hombres- le han dado a Meg las instrucciones para que parezca que se viene, y ella acaba representando el orgasmo femenino dentro de la mente de un hombre.

El de Sarah en comparación se hace eterno, tiene la duración y la carnalidad propias del sexo femenino que parece que no avanza, que no asciende constante en crescendo y sin baches, sino que por momentos parece que su avance en horizontal se va a frenar, no va a llegar, no va a ocurrir. Cuando al final llega al clímax, que resulta convincente, no se siente como la razón de ser de todo lo anterior, podría hasta quedar la duda: ¿llegó o se aburrió? Da igual. Toda la progresión hasta ese momento es la que nos ha metido en una espiral de demasiada intimidad con ella, la que ha llenado la habitación de sexo. Un gran acierto de esta performance: ellas no representan, sienten. Lo que usted ve es lo que pasa de verdad. En parte nos sentimos incluso violentados, porque no hemos asistido a una representación sino a un acto de verdad, ella acaba de venirse en escena y no sabemos a dónde mirar. ¿He dicho que ella está simplemente de pie, mirándonos, sin que nada o nadie le toque?

Después me siento un poco pegajosa tal vez, pero suelta y relajada. En clase de teoría de la danza se llama “empatía kinestésica” a la capacidad del público de vivir el movimiento que ocurre en escena. Así que supongo que todos nos hemos venido un poco. Y no sé si estoy contenta, siento en parte que me han impuesto algo, una intimidad, sin pudor. Pero entonces pienso en todas las escenas de sexo que he visto en mi vida: espaldas de hombres encaramados encima de mujeres a las que se les veían los pechos, las piernas kilométricas y lisas enlazadas a su alrededor. Y esas imágenes coreografiadas para ellos, editadas, cortadas dentro de los límites de lo permitido, las he contemplado en familia después de almorzar un domingo, y más allá de un mínimo carraspeo, nadie se ha escandalizado: es el sexo que se puede ver (y se puede experimentar, el hombre llegando, ahí arriba, a su deseo.) A veces ellas llegando de la misma manera que ellos: algo que ha generado tantas conversaciones en las camas del mundo acerca de la frigidez y los traumas por la ausencia de referentes reales.

 4. Esto es real

Este clímax deja las cosas claras, aquí no habrá reflexión, ni cuento, ni fábula, ni moraleja, ni si quiera “una visión” sobre el sexo, solo hay dos mujeres midiéndose las fuerzas y las ganas, a sí mismas y entre ellas en el ritmo del sexo: sin seducción, sin romanticismo, sin pornografía, sin intención más allá de la acción.

De nuevo pienso en Soloway que cuenta en su conferencia el mito de que los hombres inventaron el lenguaje como antídoto contra la magia de las mujeres que les daba mucho miedo (seres que sangran sin morir). La narración, que antes del cine está en la oralidad y en la literatura, lo ha copado todo de mirada masculina, es difícil salir de ésta con su propia herramienta y hacer otro arte.

Las happenings de The Living Theatre o las danzas en museos de Trisha Brown de los 70 fueron intentos de contar algo de otra manera, saliéndose del esquema narrativo clásico, se trataba de vivir o experimentar, no de entender algo masticado ya por otra persona.

En Ala y mesura no se trata de que entendamos nada, nadie (ningún hombre) quiere explicarnos como es el sexo femenino, cuánto debe durar, cómo se debe ver, qué debemos pensar, cuál es fea y cuál es guapa, cuánto es demasiado. Intérpretes y público experimentamos algo, por momentos muy cómico, por momentos molesto e incluso desagradable y esta experiencia compartida tiene consecuencias en nosotros, nuestro estado de ánimo y nuestra conciencia, y por eso pienso -y me da risa- que ver esta obra se parece más a cómo se desencadenan las cosas precisamente durante el sexo: irreflexivamente, a base de caricias, casualidades, besos que acaban en mordiscos, aburrimiento, choques de dientes, y a veces, clímax; y no a base de lógica, discurso, narración y entendimiento intelectual.

5. La mirada femenina

Al final de su conferencia, Soloway intenta dar un esquema de lo que sería necesario para poder filmar a través de una mirada femenina: lo primero sería priorizar el sentimiento o la emoción en el cuerpo,  “¡reclamar el cuerpo!”, algo que estas creadoras hacen por descontado, pues durante toda la performance ellas están en su cuerpo, y no en su palabra, ni caracterizadas por su relación o por su vestimenta, sino tan solo por el movimiento y por lo que éste les hace sentir.

Lo segundo sería mostrar como se siente una como objeto que recibe históricamente la mirada masculina, “ser vista”, y lo tercero, devolver esa mirada, destapar la mirada masculina afirmando “te veo mirándome”. Esto también ocurre en esta obra sin cuarta pared, y es el motivo de que por momentos nos sintamos impúdicos, aunque obviamente ellas quieren que miremos y hasta descaradamente se acercan al publico a mirarnos de frente para que sepamos que nos están viendo mirarlas.

No sé si Alba Soto y Sarah Gottlieb conocen las ideas de Jill Soloway pero parece que hubieran hecho una pieza de manual: una pieza sobre el sexo sin hombres, sin estereotipos, sin gafas patriarcales por las que mirar, sin poder nombrar “virgen”, “puta, “madre”, una pieza creo que nos pone un poco nerviosos a todos por lo que tiene de revolucionaria.

¿Cuántas horas debería representarse esta performance para igualar las veces que hemos leído, visto o experimentado el sexo desde la perspectiva masculina?

 

 

 

Febrero musical

Febrero fue el mes de los instrumentos musicales pero también de muchos encargos. Os dejó aquí lo que pinté, cliquea en la imagen para verla más grande. Me podéis seguir día a día en Instagram @osa_menor

 

 

2017

Me encantan las navidades y eso que me han pasado cosas en esas fechas que me dan buenas razones para odiarlas. Pero han pasado muchas más cosas para que me sigan gustando. Mas allá del recuerdo feliz de que los reyes magos entraran en mi casa con camellos, la ciudad se llenara de luces, me dejaran comer más dulces y me llovieran regalos, lo que más me gusta ahora son esos días melancólicos que preceden al cambio de año con la tierna promesa de la redención. Me encanta estrenar un año en blanco. Y me he dado cuenta de que tal vez me encante estrenar a secas: me he pasado todo el mes sorprendiéndome de cómo me alegraba cuando veía a la gente por la calle estrenando zapatos relucientes regalados en reyes, pactados, probados con antelación, me alegraba por ellos (estoy segura de que en enero es cuando hay más zapatos nuevos per capita) Y si no hay zapatos siempre se puede estrenar al menos un año, empezar un calendario y una agenda.

Cuando empecé a escribir aquí en abril hablé de Lorraine Loots y su proyecto en 2014 de hacer una miniatura el día. Me daba rabia no haberme dado cuenta unos meses antes para empezar uno propio con la entidad que da el 1 de Enero para empezar cualquier cosa. La verdad es que después me olvidé de pintar acuarelas, siempre había cosas más importantes que hacer, buscar trabajo, inscribir a S en la escuela infantil, arreglar las juntas del baño, acompañar a mi abuela en sus días malos, y todas las cosas que llenan la cotidianidad y que se repiten en un eterno retorno, lavar, fregar, cocinar una y otra vez. Pero no sé cómo ni por qué, unos días antes de que terminara el 2016, mecida por esa sensación tan autocomplaciente de mirar atrás y hacer balance, y de hacer una lista de propósitos mentales para terminar el año siguiente mejor del que acababa este, volvió a mí la idea de hacer una acuarela al día y poner en práctica lo que siempre me ha gustado y que, por circunstancias que no entiendo, he ido relegando a un segundo, tercer, último plano: pintar, dibujar, mancharme las manos. 

Esta vez estaba a tiempo de llegar al 1 de Enero con esperanzas de charol y me puse a ello. Aquí están las acuarelas que he pintado durante todo el mes. No he sido todo lo disciplinada que quería y de "uno al día" he pasado a "20 al mes" que no tiene tanto punch... pero en mi defensa diré que  ¡es realmente difícil pintar todos los días! Además del trabajo y las tareas domésticas tengo un toddler (esa cosa intermedia que es un hijo que no siendo ya bebé, tampoco se puede decir que sea niño) También hubo un fin de semana en el campo compartiendo espacio con 12 personas en el que no me quería aislar 3 horas para pintar. Y muchos otros días en los que algo imprevisible cambiaba mis planes. Aprendo a pintar en espasmos de tiempo que no dependen de mí, o no solo dependen de mi inspiración o mis ganas, sino también del inestable sueño de un niño de esta edad, porque casi siempre lo hago cuando él se duerme (y se despierta, y se duerme con ayuda, y se despierta...)

A pesar de no ser una instagramer disciplinada he pintando las suficientes como para empezar a entender algunas cosas de estos pigmentos, siempre a base de errores: a veces no esperé lo suficiente a que se secase la capa anterior y se me movió lo que había debajo o empasté demasiado (tengo tendencia a usar las acuarelas como si fueran acrílicos y poco a poco intento diluir más y trabajar más con la transparencia que es lo suyo), y el peor de todos: si no soy suficientemente meticulosa acabo manchando una parte del papel con un resto diminuto de pintura que quedaba en mi mano.

Todos esos errores tienen que ver con la rapidez con la que me(nos) muevo a menudo, y por eso justamente me gusta también hacer estos mini dibujos, me obligan a parar y dedicarle todo el empeño a algo muy concreto sin prisas y con atención, mucha atención. Es por eso que tampoco he querido forzarme a cumplir con las metas que me había marcado, si dejo que este espacio se llene de ansiedad y temor por no hacerlo bien, me lo cargo (gracias a mi amigo Giuseppe, al que le oí esta idea referida al espacio que representaba para él la escritura, siempre me viene esas palabras a la mente: que este sea un espacio de libertad y disfrute)

Durante este mes he ido descubriendo la manera de trabajar, cada mes habrá un tema, en enero han sido los animales que me parecían agradecidos para comenzar. También me he dado cuenta de que sin pretender hacer miniaturas, los dibujos tienen que ser pequeños porque hay una gran diferencia del tiempo invertido dependiendo del tamaño, algunos tienen más de 4 horas de trabajo y otros a penas 2. También he decidido que quiero compartirlos y por eso los estoy colgando en Instagram en @osa_menor. La red social para inventarse deadlines y sentirse presionado es un gran invento para los procastinadores.

Mañana empieza Febrero, no es un subidón tan grande como el del comienzo del año, pero estrenar tema del mes no está mal, de hecho lo mejor de todo es que cada día, por rutinario que sea, el 12 de enero pongamos, que no significaba nada para mí, ahora cobra relevancia con su dibujo particular, es el día que conseguí pintar una ballena, y lo disfruté, y ese día existió, y no fue en vano. El 9 de Enero le dedique el dibujo del zorro a A. por su cumpleaños, el 14 nació Neila, la hija de mi prima y para ella pinté un perezoso bebé que otra persona había sugerido. El 15 nació Noah, y lo primero que nos dijo su mamá de ella es que parecía una tortuguita, para ella pinté la tortuga. Esto se ha convertido en algo mejor que un calendario, cada día importa y tiene su qué.

Por último me alegra que el mes haya terminado con un primer encargo: el 30 de Enero dibujé a Misha, la gata de la amiga de un amigo, que le quiere regalar una acuarela a la dueña para conmemorar su acogida. Gracias T.

Escribir del movimiento

Este verano he tenido la oportunidad de participar en dos eventos de danza que me han hecho sentir muy agradecida, ligera y feliz. A finales de Julio asistí a mi amiga Ainhoa Chocano en la primera edición del festival Escorial en Danza que ella se inventó este invierno y ha hecho realidad con muy pocos medios y mucho esfuerzo. Subí los dos últimos días para documentar las clases de los maestros Pau Arán y Daniel Doña, y el espectáculo de calle realizado por los alumnos que culminaba los talleres. Pau es bailarín del Tanztheater Wuppertal y su movimiento de torso y brazos bauschescos derriten la retina a través del objetivo. Daniel, coreógrafo de la compañía que lleva su nombre, nos recuerda lo hermoso y completo que es el bailarín de danza española, instrumento musical. 

El evento de calle fue un éxito, no solo porque muchas personas se acercaron a verlo y siguieron con curiosidad a los bailarines en su recorrido, ni tampoco porque el resultado de cinco días en los que a penas hubo ensayos y emplazamientos fuera de tanta calidad, sino, sobre todo, porque supuso un corrientazo de danza que se nos metió en el cuerpo a todos, bailarines, público y fotógrafos. Los estudiantes se lanzaron al vacío con dedicación, tejiendo la belleza en el aire de lo "casi" improvisado, de lo que necesita una relación entre intérprete y público para estar  completo. Adrenalina que recibieron los adoquines que circundan el monasterio, normalmente pisados solo por la languidez del turista acalorado.

Laura González, estudiante del taller de Pau Arán en el festival "Escorial en Danza"

Laura González, estudiante del taller de Pau Arán en el festival "Escorial en Danza"

Una semana más tarde comenzaron los ensayos para la creación de una pieza-homenaje al Certamen Coreográfico de Madrid en su 30 aniversario. Veronica Garzón, Begoña Quiñones, Lucía Marote y Joaquin Pérez Abella tuvieron la imposible idea de juntar a treinta bailarines en agosto para estudiar, en una carpa de circo, y solo durante diez días, las piezas ganadoras del Certamen de los últimos 30 años con el objetivo de crear una coreografía nueva a partir de ellas. Incomprensiblemente, esta idea también funcionó y finalizamos el periodo con una estructura completa que engloba fragmentos, algunos literales y otros más bien inspirados en las ganadoras.

La experiencia fue genial por tantos motivos: los reencuentros entre bailarines y creadores de Madrid que nos hemos cruzado a lo largo de los años; la posibilidad de revisitar con atención una historia de 30 años de danza en nuestro país ejemplificada en el cuidado certamen que Laura Kumin inauguró en 1987; la oportunidad de bailar todo tipo de estilos, muchos de los cuales algunos no hemos vuelto a practicar desde que fuimos alumnos, como aprender coreografías grupales con cuentas, sufriendo las primeras horas pero disfrutando las últimas, cuando el ritmo y acentos se nos había metido (casi) en el cuerpo. Esta semana larga supuso otra dosis de energía monumental. Regresaba por las noches a casa tan contenta, aunque se me hubieran abierto las plantas de los pies y se quejaran las rodillas.

Cuando el último día volví a casa, todavía emocionada por lo que habíamos vivido y después de hacer un círculo en el que cada uno puso con palabras propias esa felicidad, el agradecimiento, la iniciativa que da frutos, esa alegría de bailar con otros, y cansarse el cuerpo, y alimentarlo, ducharlo y dormirlo para que al día siguiente se mueva más y mejor, cuando volví a casa y les contaba esto a S y a nuestra amiga Anne que estaba de visita en esos días, les dije que eso es lo que los otros 29 y yo querríamos hacer todo el tiempo, bailar seis u ocho horas al día. Qué obviedad tan grande, estudiamos danza, porque queremos bailar o crear danza. Una obviedad que tenemos que enunciar porque la mayoría ponemos cafés o enseñamos español, o damos una clasecita aquí, y otra allá, y se nos pasan meses o años sin la posibilidad de bailar a fondo. Y lo hacemos por casi nada, o gratis, cuando tenemos la suerte de que nos cojan en una audición o podemos enseñar, o encontramos la manera de crear una pieza y además conseguimos mostrarla en algún sitio. 

Pero no era mi intención quejarme de las escurridizas condiciones materiales para dedicarse a esta profesión. Bajo la carpa de Carampa muchas veces miraba a mi alrededor y me sobrecogían el talento, las ganas y la pasión de esta gente, solo de eso quería hablar. Treinta personas bailando en sus vacaciones, no estando en la playa, sonriendo, ayudando, pensando, proponiendo, bailando para alcanzar un fin común. Haciendo passing through sin enunciarlo. La danza, me acordé una vez más, entrena el cuerpo, pero no sólo los músculos, también los sentidos, la inteligencia lógica y la emocional, amplifica la atención y la capacidad de estar alerta y nos pone más contentos. Se piensa mejor, se elige mejor, se es mejor, cuando se baila.

Han pasado ya diez días y empiezo a atontarme de nuevo, intento capturar lo vivido con palabras, fallo, caigo en lugares comunes, estrepitosamente, es diferente moverse solo con la palabra, tan fija, tan significante, tan solitaria. Se me hunden las ideas en la musculatura blanda. Mañana quisiera empezar a entrenar de nuevo, pero es tan difícil hacerlo sola, ¿será posible hacerlo sola? 

 

Toros, feminismo, progreso

¿Tan distinto es defender los derechos de los animales de los derechos de las mujeres, de los que no son blancos, o de los niños? Se entiende, espero, que los derechos son constructos culturales. No nacemos con derechos en estado de naturaleza, nos los damos a nosotros mismos o se los otorgamos a quienes no pueden hacerlo, a través de milenios de pensamiento, luchas y esfuerzo colectivo.

Por eso, porque todos los derechos, también los recogidos en la Declaración de los Derechos Humanos, son hechos culturales -podríamos abolirlos y seguiría habiendo unas criaturas a las que nos podríamos referir como seres humanos (al menos en lo biológico)- me interesa saber por qué nos resistimos tanto a incluir a otros dentro del campo del derecho. Precisamente porque el derecho es una invención del pensamiento que no costaría tanto ser ampliada con un poco de imaginación -no necesitamos quirófanos, ni laboratorios, ni ciencia espacial para simplemente ser más inclusivos en la definición de las vidas que merecen ser protegidas- es muy interesante corroborar como los avances para incluir a otros como poseedores de derechos se atascan constantemente en los piñones de la maquinaria de la tradición. 

Este año me ha parecido asombroso que los telediarios resaltaran las medidas del Ayuntamiento de Pamplona y otros colectivos para visibilizar y denunciar la violencia machista, y acto seguido que la presentadora cambiara el gesto y, ya menos seria, comentara los eventos alrededor del toro. Se pasa de un tema a otro sin la mínima reflexión de que tal vez, por algún lado, están conectados. Se habla de respeto a la mujer y acto seguido, jocosamente, vemos como sufre un animal y se espera de nosotros que la palabra y el sentimiento de respeto hayan desaparecido para poder dejar paso al ¿entretenimiento?. Por supuesto que las mujeres y los toros no son lo mismo. Pero la capacidad de ser empático como para tener respeto por alguien o algo sí es la misma. A mi me cuesta mucho empatizar con quienes disfrutan viendo como se maltrata a un animal hasta desangrarse, al lado de su señora o señor y de sus hijos, y que después de ver como muere se van a tomar unos callos al bar de la esquina. No puedo empatizar con los san fermines, porque no le veo la gracia a provocar y después salir corriendo delante de un animal asustado. Sin embargo me puedo poner en el lugar del toro y sentir que todo eso no me gusta nada. No se trata de equiparar los derechos de los animales a los de las mujeres si no de equiparar la empatía que sentimos por aquellos a los que se les vulneran los derechos. 

Si señalamos la violencia contra las mujeres también debería ser fácil señalar la violencia contra los toros más cuando los mismos medios de comunicación ponen lo uno al lado de lo otro, en una secuencia de montaje directo. El quid de que esta relación no se haga explicita está en el escudo mental que crea la tradición. Ya hemos empezado a asimilar que las mujeres tienen los mismos derechos que los hombres, al menos institucionalmente aunque falte muchísimo por hacer culturalmente. Per nos resistimos a abrirles la puerta a los animales.

El motivo por el que hay tanto miedo al cambio cultural es que la tradición (y la nuestra es machista y es taurina) legitima nuestra identidad, la tradición es el territorio en el que nuestra identidad cobra algún sentido. Necesitamos sentirnos parte de algo y así defendemos nuestra "patria" como el ir a los toros, ser de este equipo de futbol, comer callos y tortilla de patatas. O bien construimos nuestra identidad por oposición a algunas de estás cosas y sumando otras al lote. Pero todos nos morimos de miedo cuando vemos tambalearse el paisaje que nos envuelve. Si al lienzo de nuestra vida se le cae la pintura en la que encajamos, no somos capaces de reconocernos recortados en el blanco. Una sensación parecida a cuando terminamos una relación de pareja de muchos años que ha dibujado una rutina y unas costumbres que dicen quienes somos. No construimos identidad sin los demás y sin el mundo que nos rodea. Y este miedo al vacío es el motor de la resistencia a los cambios culturales. Sí que puedo empatizar con los seguidores del toreo en algo, puedo imaginar su rabia y su frustración en que todo esto se vuelva debate, puedo sentir en las entrañas el disgusto y la injusticia de que se les llame asesinos, esa rabia lo que parece estar diciendo a gritos es: ¡es el marco!, ¡es este lienzo!, ¡yo no he hecho nada malo! Y es que ellos, en particular, no han hecho "nada malo" mas que nacer en un entorno para el cual ver toros desangrados es normal y hasta se le puede encontrar arte, es su tradición. Decir que eso está mal es criticar parte de su identidad.

Pero el pensamiento progresista que quiso y quiere acabar con la esclavitud y con el machimo milenario, el pensamiento llamado moderno o ilustrado -aunque supongo que se habrá dado en todas las épocas y lugares con nombres diferentes o sin etiqueta alguna-, pensamiento en el que supuestamente se enmarca nuestra democracia, indica que se puede construir una identidad y una sensación de "patria" diferente, que con el paso del tiempo se puede convertir en tradición, basándose en un sentimiento particular: el de fraternidad. Todo, también esto, es una construcción cultural e ideológica, y gracias precisamente a eso, podemos imaginar una tradición futura menos sangrienta que nos incluya a todos, también a estos taurinos que por un tiempo se sentirían un poco en el vacío. 

El único argumento realmente polémico que pueden esgrimir quienes defienden la tauromaquia es el que acusa a los animalistas de hipócritas porque defienden los derechos de los toros pero siguen comiendo carne. Esta contradicción tan incómoda es exactamente donde nos tenemos que situar para seguir pensando. ¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar con la ampliación de los derechos? ¿A quienes se los vamos a restringir? La resistencia de un taurino que dice que el toreo es arte y que le gusta mucho, no que muera el animal, sino todo lo que le rodea, se parece mucho a la resistencia de a quien no gustándole los toros ni ningún otro maltrato animal no puede dar el paso de dejar de comer carne porque ¡joder!, está buenísima y los cerdos de bellota viven mejor que nosotros y es parte de la tradición gastronómica mediterránea, etcétera. 

Al final se trata de coherencia. La construcción ideológica del progresismo, la ilustración o como se quiera llamar, consiste en ser coherentes con un cierto sentimiento de respeto nacido de la intuición o del conocimiento de que todos somos iguales, o sea del reconocimiento de una fraternidad por la que empatizamos con la alegría y el dolor ajenos, y por la que queremos para el otro lo que querríamos para nosotros. Si el discurso animalista lleva al vegetarianismo en sus últimas consecuencias porque consideramos que ese "otro" es cualquier ser vivo, eso no debería hacernos frenar y callar, sino examinar en serio cuánto nos importa esta incoherencia. Hasta el momento parece como si un debate emancipatorio fuese siempre la punta de lanza del siguiente. Pero en mi opinión las cosas van extremadamente lentas, si es que damos por hecho hacia dónde queremos ir. 

 

Red cardinal

Una de las cosas más raras que se pueden experimentar en Iowa City es el avistamiento de pájaros preciosos por casualidad. La primera vez que vi un red cardinal fue en el jardín trasero de la casa donde vivía entonces y me quedé alucinada. Es un pájaro de color rojo brillante que canturrea melodías en primavera como sacado de una película de Disney, te das cuenta entonces de que los dibujantes de películas como Blancanieves no hacían más que copiar su realidad. No es tan fantasioso que entren en tu casa y solo hay que adornarlo un poco para que le ayuden a ponerse el vestido a una muchacha. Una vez de hecho se me metió una cría de cardinal en la cocina y tuve que agarrarlo con un paño de cocina para sacarlo por la puerta trasera. Revoloteó hasta encontrar su nido a medio metro de distancia de mi cocina donde su mamá estaba regañándole en un ataque de pánico.

Desde la ventana de la última casa donde vivimos, en una segunda planta, vimos un día a un halcón cazar un conejo. S y yo no lo podíamos creer, parecía un documental de National Geographic en directo desde nuestro jardín. El halcón cayó en picado, inmenso, con los dedos de las patas bien abiertos y agarró el conejo plateado, pero éste se escabulló entre unos ladrillos y la lucha por conquistarlo de nuevo y aniquilarlo duró unos veinte minutos. Esa misma tarde atravesando el jardín para ir al garage vi de cerca el rastro de sangre que era lo único que quedaba del conejo. 

Una foca nada tímida

Aquí está la siguiente acuarela que pinté. Como se puede ver se trata de una foca. Para mi gusto tiene una actitud envalentonada, casi desafiante. Una pose muy buena para reclamar los derechos de los animales (la copié de una foto de Internet, de las primeras que salen cuando tecleas foca en google, así que la pose es mérito del animal en cuestión y del fotógrafo que la capturó). Me parece una foca poco tímida o nada tímida.