Toros, feminismo, progreso

¿Tan distinto es defender los derechos de los animales de los derechos de las mujeres, de los que no son blancos, o de los niños? Se entiende, espero, que los derechos son constructos culturales. No nacemos con derechos en estado de naturaleza, nos los damos a nosotros mismos o se los otorgamos a quienes no pueden hacerlo, a través de milenios de pensamiento, luchas y esfuerzo colectivo.

Por eso, porque todos los derechos, también los recogidos en la Declaración de los Derechos Humanos, son hechos culturales -podríamos abolirlos y seguiría habiendo unas criaturas a las que nos podríamos referir como seres humanos (al menos en lo biológico)- me interesa saber por qué nos resistimos tanto a incluir a otros dentro del campo del derecho. Precisamente porque el derecho es una invención del pensamiento que no costaría tanto ser ampliada con un poco de imaginación -no necesitamos quirófanos, ni laboratorios, ni ciencia espacial para simplemente ser más inclusivos en la definición de las vidas que merecen ser protegidas- es muy interesante corroborar como los avances para incluir a otros como poseedores de derechos se atascan constantemente en los piñones de la maquinaria de la tradición. 

Este año me ha parecido asombroso que los telediarios resaltaran las medidas del Ayuntamiento de Pamplona y otros colectivos para visibilizar y denunciar la violencia machista, y acto seguido que la presentadora cambiara el gesto y, ya menos seria, comentara los eventos alrededor del toro. Se pasa de un tema a otro sin la mínima reflexión de que tal vez, por algún lado, están conectados. Se habla de respeto a la mujer y acto seguido, jocosamente, vemos como sufre un animal y se espera de nosotros que la palabra y el sentimiento de respeto hayan desaparecido para poder dejar paso al ¿entretenimiento?. Por supuesto que las mujeres y los toros no son lo mismo. Pero la capacidad de ser empático como para tener respeto por alguien o algo sí es la misma. A mi me cuesta mucho empatizar con quienes disfrutan viendo como se maltrata a un animal hasta desangrarse, al lado de su señora o señor y de sus hijos, y que después de ver como muere se van a tomar unos callos al bar de la esquina. No puedo empatizar con los san fermines, porque no le veo la gracia a provocar y después salir corriendo delante de un animal asustado. Sin embargo me puedo poner en el lugar del toro y sentir que todo eso no me gusta nada. No se trata de equiparar los derechos de los animales a los de las mujeres si no de equiparar la empatía que sentimos por aquellos a los que se les vulneran los derechos. 

Si señalamos la violencia contra las mujeres también debería ser fácil señalar la violencia contra los toros más cuando los mismos medios de comunicación ponen lo uno al lado de lo otro, en una secuencia de montaje directo. El quid de que esta relación no se haga explicita está en el escudo mental que crea la tradición. Ya hemos empezado a asimilar que las mujeres tienen los mismos derechos que los hombres, al menos institucionalmente aunque falte muchísimo por hacer culturalmente. Per nos resistimos a abrirles la puerta a los animales.

El motivo por el que hay tanto miedo al cambio cultural es que la tradición (y la nuestra es machista y es taurina) legitima nuestra identidad, la tradición es el territorio en el que nuestra identidad cobra algún sentido. Necesitamos sentirnos parte de algo y así defendemos nuestra "patria" como el ir a los toros, ser de este equipo de futbol, comer callos y tortilla de patatas. O bien construimos nuestra identidad por oposición a algunas de estás cosas y sumando otras al lote. Pero todos nos morimos de miedo cuando vemos tambalearse el paisaje que nos envuelve. Si al lienzo de nuestra vida se le cae la pintura en la que encajamos, no somos capaces de reconocernos recortados en el blanco. Una sensación parecida a cuando terminamos una relación de pareja de muchos años que ha dibujado una rutina y unas costumbres que dicen quienes somos. No construimos identidad sin los demás y sin el mundo que nos rodea. Y este miedo al vacío es el motor de la resistencia a los cambios culturales. Sí que puedo empatizar con los seguidores del toreo en algo, puedo imaginar su rabia y su frustración en que todo esto se vuelva debate, puedo sentir en las entrañas el disgusto y la injusticia de que se les llame asesinos, esa rabia lo que parece estar diciendo a gritos es: ¡es el marco!, ¡es este lienzo!, ¡yo no he hecho nada malo! Y es que ellos, en particular, no han hecho "nada malo" mas que nacer en un entorno para el cual ver toros desangrados es normal y hasta se le puede encontrar arte, es su tradición. Decir que eso está mal es criticar parte de su identidad.

Pero el pensamiento progresista que quiso y quiere acabar con la esclavitud y con el machimo milenario, el pensamiento llamado moderno o ilustrado -aunque supongo que se habrá dado en todas las épocas y lugares con nombres diferentes o sin etiqueta alguna-, pensamiento en el que supuestamente se enmarca nuestra democracia, indica que se puede construir una identidad y una sensación de "patria" diferente, que con el paso del tiempo se puede convertir en tradición, basándose en un sentimiento particular: el de fraternidad. Todo, también esto, es una construcción cultural e ideológica, y gracias precisamente a eso, podemos imaginar una tradición futura menos sangrienta que nos incluya a todos, también a estos taurinos que por un tiempo se sentirían un poco en el vacío. 

El único argumento realmente polémico que pueden esgrimir quienes defienden la tauromaquia es el que acusa a los animalistas de hipócritas porque defienden los derechos de los toros pero siguen comiendo carne. Esta contradicción tan incómoda es exactamente donde nos tenemos que situar para seguir pensando. ¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar con la ampliación de los derechos? ¿A quienes se los vamos a restringir? La resistencia de un taurino que dice que el toreo es arte y que le gusta mucho, no que muera el animal, sino todo lo que le rodea, se parece mucho a la resistencia de a quien no gustándole los toros ni ningún otro maltrato animal no puede dar el paso de dejar de comer carne porque ¡joder!, está buenísima y los cerdos de bellota viven mejor que nosotros y es parte de la tradición gastronómica mediterránea, etcétera. 

Al final se trata de coherencia. La construcción ideológica del progresismo, la ilustración o como se quiera llamar, consiste en ser coherentes con un cierto sentimiento de respeto nacido de la intuición o del conocimiento de que todos somos iguales, o sea del reconocimiento de una fraternidad por la que empatizamos con la alegría y el dolor ajenos, y por la que queremos para el otro lo que querríamos para nosotros. Si el discurso animalista lleva al vegetarianismo en sus últimas consecuencias porque consideramos que ese "otro" es cualquier ser vivo, eso no debería hacernos frenar y callar, sino examinar en serio cuánto nos importa esta incoherencia. Hasta el momento parece como si un debate emancipatorio fuese siempre la punta de lanza del siguiente. Pero en mi opinión las cosas van extremadamente lentas, si es que damos por hecho hacia dónde queremos ir.