Escribir del movimiento

Este verano he tenido la oportunidad de participar en dos eventos de danza que me han hecho sentir muy agradecida, ligera y feliz. A finales de Julio asistí a mi amiga Ainhoa Chocano en la primera edición del festival Escorial en Danza que ella se inventó este invierno y ha hecho realidad con muy pocos medios y mucho esfuerzo. Subí los dos últimos días para documentar las clases de los maestros Pau Arán y Daniel Doña, y el espectáculo de calle realizado por los alumnos que culminaba los talleres. Pau es bailarín del Tanztheater Wuppertal y su movimiento de torso y brazos bauschescos derriten la retina a través del objetivo. Daniel, coreógrafo de la compañía que lleva su nombre, nos recuerda lo hermoso y completo que es el bailarín de danza española, instrumento musical. 

El evento de calle fue un éxito, no solo porque muchas personas se acercaron a verlo y siguieron con curiosidad a los bailarines en su recorrido, ni tampoco porque el resultado de cinco días en los que a penas hubo ensayos y emplazamientos fuera de tanta calidad, sino, sobre todo, porque supuso un corrientazo de danza que se nos metió en el cuerpo a todos, bailarines, público y fotógrafos. Los estudiantes se lanzaron al vacío con dedicación, tejiendo la belleza en el aire de lo "casi" improvisado, de lo que necesita una relación entre intérprete y público para estar  completo. Adrenalina que recibieron los adoquines que circundan el monasterio, normalmente pisados solo por la languidez del turista acalorado.

 Laura González, estudiante del taller de Pau Arán en el festival "Escorial en Danza"

Laura González, estudiante del taller de Pau Arán en el festival "Escorial en Danza"

Una semana más tarde comenzaron los ensayos para la creación de una pieza-homenaje al Certamen Coreográfico de Madrid en su 30 aniversario. Veronica Garzón, Begoña Quiñones, Lucía Marote y Joaquin Pérez Abella tuvieron la imposible idea de juntar a treinta bailarines en agosto para estudiar, en una carpa de circo, y solo durante diez días, las piezas ganadoras del Certamen de los últimos 30 años con el objetivo de crear una coreografía nueva a partir de ellas. Incomprensiblemente, esta idea también funcionó y finalizamos el periodo con una estructura completa que engloba fragmentos, algunos literales y otros más bien inspirados en las ganadoras.

La experiencia fue genial por tantos motivos: los reencuentros entre bailarines y creadores de Madrid que nos hemos cruzado a lo largo de los años; la posibilidad de revisitar con atención una historia de 30 años de danza en nuestro país ejemplificada en el cuidado certamen que Laura Kumin inauguró en 1987; la oportunidad de bailar todo tipo de estilos, muchos de los cuales algunos no hemos vuelto a practicar desde que fuimos alumnos, como aprender coreografías grupales con cuentas, sufriendo las primeras horas pero disfrutando las últimas, cuando el ritmo y acentos se nos había metido (casi) en el cuerpo. Esta semana larga supuso otra dosis de energía monumental. Regresaba por las noches a casa tan contenta, aunque se me hubieran abierto las plantas de los pies y se quejaran las rodillas.

Cuando el último día volví a casa, todavía emocionada por lo que habíamos vivido y después de hacer un círculo en el que cada uno puso con palabras propias esa felicidad, el agradecimiento, la iniciativa que da frutos, esa alegría de bailar con otros, y cansarse el cuerpo, y alimentarlo, ducharlo y dormirlo para que al día siguiente se mueva más y mejor, cuando volví a casa y les contaba esto a S y a nuestra amiga Anne que estaba de visita en esos días, les dije que eso es lo que los otros 29 y yo querríamos hacer todo el tiempo, bailar seis u ocho horas al día. Qué obviedad tan grande, estudiamos danza, porque queremos bailar o crear danza. Una obviedad que tenemos que enunciar porque la mayoría ponemos cafés o enseñamos español, o damos una clasecita aquí, y otra allá, y se nos pasan meses o años sin la posibilidad de bailar a fondo. Y lo hacemos por casi nada, o gratis, cuando tenemos la suerte de que nos cojan en una audición o podemos enseñar, o encontramos la manera de crear una pieza y además conseguimos mostrarla en algún sitio. 

Pero no era mi intención quejarme de las escurridizas condiciones materiales para dedicarse a esta profesión. Bajo la carpa de Carampa muchas veces miraba a mi alrededor y me sobrecogían el talento, las ganas y la pasión de esta gente, solo de eso quería hablar. Treinta personas bailando en sus vacaciones, no estando en la playa, sonriendo, ayudando, pensando, proponiendo, bailando para alcanzar un fin común. Haciendo passing through sin enunciarlo. La danza, me acordé una vez más, entrena el cuerpo, pero no sólo los músculos, también los sentidos, la inteligencia lógica y la emocional, amplifica la atención y la capacidad de estar alerta y nos pone más contentos. Se piensa mejor, se elige mejor, se es mejor, cuando se baila.

Han pasado ya diez días y empiezo a atontarme de nuevo, intento capturar lo vivido con palabras, fallo, caigo en lugares comunes, estrepitosamente, es diferente moverse solo con la palabra, tan fija, tan significante, tan solitaria. Se me hunden las ideas en la musculatura blanda. Mañana quisiera empezar a entrenar de nuevo, pero es tan difícil hacerlo sola, ¿será posible hacerlo sola?