Septiembre

En Septiembre el metro de Madrid huele a aceite de coco y a crema solar. Son los resquicios en el fondo que hay que empujar con golpecitos o apretando una y otra vez el plástico blando y que a veces sueltan aire con sonido a pedo como el del ketchup que tanta gracia hace a mi hijo. Algunos guardan los restos en el armario del baño hasta el verano que viene, y otros exprimen en exceso y se untan más de lo que la piel puede absorber para terminar de una vez por todas la estación.

En Septiembre en Madrid la gente camina más ligera, seguramente con más kilos, pero como si no pesaran, elevado el ánimo, tostadita la cara y los hombros, más sonrientes que el resto del año. Es el mar y son las playas y los refugios de montaña. Es andar descalzo, otros idiomas, y dormir más en un sofá-cama demasiado blando o demasiado duro o demasiado estrecho, por fin leer un libro, cenar con amigos sin interrupciones. Y es también volver a casa, si tienes la suerte de que te guste.

Me río sola cuando camino por la calle en Septiembre y constato que no sabemos aún como vestirnos. Unos no tienen nada que empezar y otros ya estrenan para el trabajo, el nuevo curso, un nuevo maillot. En un mismo día ves chanclas y botas de ante, camisetas de tirantes y gabardinas, atuendos del turista al que le cambió la vida una chupa de cuero en New York, túnicas ibicencas y collares de piedras gigantes de mercadillo. Es un estreno-entierro. Las piedras grandes de colores y el lino blanco en Madrid no duran nada. No combinan con el gris cemento, gris piedra con manchas de pis, y los chicles se adhieren mejor al esparto que a la goma industrial pero cada Septiembre alguien lo intenta, retener un poco más el paseo marítimo, el atardecer, lo extraordinario. Como si pudiera conservarse en bisutería y ensaimadas, en chocolates traídos con cuidado en el avión.

Otra cosa que pasa en Madrid en Septiembre ¿pasará en otras ciudades también? es que cuando ya se está poniendo el sol (aunque no hay horizonte para verlo, el cielo se pone gris azulado oscuro y la piel como más naranja o rosa) la ciudad se vuelve una orquesta desafinada. Son los muchos aprendices de músico que comienzan entusiasmados las primeras lecciones: antes de cenar, han decidido, una hora de práctica. Los saxos gorgojean ininteligibles en una calle y las flautas desafinadas te saludan a la vuelta de la esquina. Amo esta orquesta de una ciudad que no se resigna a perder. No se resigna, no todavía, en septiembre, a que la vida se trate solo de trabajar, alimentarse, llevar a los niños al colegio.

Es Septiembre un comienzo, un Enero desfasado, una segunda oportunidad, un mes donde los loosers lo parecemos menos porque podemos apuntarnos a piano, aprender un idioma, comprar los libros para opositar, ahora sí, este viaje me marcó para siempre, sé quien soy, empiezo ya.

Septiembre es el mes en el que pensamos que podemos frenar el envejecimiento capilar con coco y nos prometemos que este año seguiremos leyendo y cocinando rico contra las adversidades, jugaremos más con nuestros hijos, y de vez en cuando miraremos las 8 o 9 estrellas que se ven desde aquí para recordarnos quienes somos y que tenemos un destino mucho mayor que el que nuestro puesto de trabajo nos propone cada día. 

Septiembre es el mes de los soñadores, no de los que creen que conseguirán todo lo que se propongan, sino de los que se dan por satisfechos con arrancarle una nota a la flauta, hoy.