Ala y mesura, feminizar la escena

Una performance de Alba Soto y Sarah Gottlieb

1. Jill Soloway y los 2000 años de producción cultural masculina

El 11 de Septiembre de 2016 Jill Soloway dio una clase magistral que llevaba como título The female Gaze. Soloway es una guionista y directora estadounidense que disfruta ahora de cierta reputación  ganada con mucho esfuerzo en el mundo audiovisual que –como casi todos- es primordialmente masculino. En su conferencia analiza “la mirada femenina” con un discurso brillante, divertido y muy emocionante. La mirada femenina dice, no existe aún, o está en potencia en muchas creadoras pero no termina de nacer porque todos llevamos puestas unas gafas de patriarcado y machismo de las que muy difícilmente nos podemos desprender, aunque queramos. Los esfuerzos por feminizar la mirada son en general bastante patéticos: consisten en triquiñuelas como darle el papel protagónico de una película de acción a una mujer que lleva top y minifalda. Y todos sabemos que la igualdad no vendrá por ahí.

Una de las frases que más me llamó la atención y que resonó en mí durante toda la semana del 8 Marzo con sus marchas y huelgas por la igualdad de mujeres y hombres, era que dado que todas las películas y series de tv que hemos visto desde el nacimiento del cine se han hecho desde la perspectiva masculina de los cuerpos y los deseos, es imposible hablar de igualdad solo porque algunas creadoras hayan empezado a valorizar y explorar su mirada. Para empezar a hablar de igualdad, dice Soloway socarrona, necesitaríamos primero unos cien años de producción audiovisual llevada a cabo desde una perspectiva femenina, y solo después de cien años de empalague fílmico de esta visión podríamos empezar a proponer un 50/50.

2. Empalagar

La performance de Alba Soto y Sarah Gottlieb es una serie de sketches en los que se utilizan el movimiento y el sonido que producen dos cuerpos de mujer, y una variedad de objetos inconexos, para meternos en la dinámica del sexo: ritmo, repetición, aceleración y, a veces, clímax. El tintineo de unas campanas, el sonido constante de una aldaba llamando a una puerta, el balanceo -siempre el balanceo de un lado al otro o de atrás hacia delante-, y también amoldarse a una mesita de café con sus límites físicos que son a la vez restricción y posibilidad de movimiento, nos hacen experimentar una orgía surrealista de dos mujeres con su entorno.

A la dinámica de la actividad del sexo, se le suma otro elemento que es la relación entre las dos intérpretes: relación de fuerza o de medida. Por un lado es como si estuvieran solas, experimentando el entorno con el ritmo de sus cuerpos, pero a veces luchan y otras se acompañan, se ayudan en una búsqueda para culminar o estabilizar algo, se ofrecen como soporte la una de la otra.

Las creadoras se dejaron llevar por los objetos que se encontraron literalmente en la calle durante la creación de la performance. Esta libre asociación espontánea rige también la obra plástica de Alba Soto en la que a un cuerpo de mujer le puede crecer un pene, que a la vez riega una planta, que alimenta a un hombre que lleva una mujer dentro con pechos lactantes (me lo estoy inventando pero podría ser cierto). Los genitales surgen en su obra con una lógica propia, más funcionales que pornográficos.

3. El nudo

Después de un rato, una parte de mi cerebro (sin duda mi “mirada masculina”) empieza a impacientarse. Me pregunto a dónde quieren llevarme, de qué podrían tratarse el nudo y el desenlace de esta pieza, ¡no se quedaran solo en esto!, ¿verdad?

El nudo, solo porque está hacía la mitad de la representación, y porque nos anuda a todos la garganta  entre la vergüenza y el placer, lo ofrece la interpretación brillante de Sarah Gottlieb, apoyada escénicamente por su compañera, de un orgasmo.

La película Cuando Harry encontró a Sally se hizo famosa por el orgasmo que interpretaba Meg Ryan frente a su futuro novio en una cafetería neoyorquina, el de Sarah es un millón de veces más contundente en energía y credibilidad. El de Sally es un orgasmito frío, corto, ascendente, representacional y muy masculino. Me imagino que los guionistas, directores, cámaras -asumo que todos hombres- le han dado a Meg las instrucciones para que parezca que se viene, y ella acaba representando el orgasmo femenino dentro de la mente de un hombre.

El de Sarah en comparación se hace eterno, tiene la duración y la carnalidad propias del sexo femenino que parece que no avanza, que no asciende constante en crescendo y sin baches, sino que por momentos parece que su avance en horizontal se va a frenar, no va a llegar, no va a ocurrir. Cuando al final llega al clímax, que resulta convincente, no se siente como la razón de ser de todo lo anterior, podría hasta quedar la duda: ¿llegó o se aburrió? Da igual. Toda la progresión hasta ese momento es la que nos ha metido en una espiral de demasiada intimidad con ella, la que ha llenado la habitación de sexo. Un gran acierto de esta performance: ellas no representan, sienten. Lo que usted ve es lo que pasa de verdad. En parte nos sentimos incluso violentados, porque no hemos asistido a una representación sino a un acto de verdad, ella acaba de venirse en escena y no sabemos a dónde mirar. ¿He dicho que ella está simplemente de pie, mirándonos, sin que nada o nadie le toque?

Después me siento un poco pegajosa tal vez, pero suelta y relajada. En clase de teoría de la danza se llama “empatía kinestésica” a la capacidad del público de vivir el movimiento que ocurre en escena. Así que supongo que todos nos hemos venido un poco. Y no sé si estoy contenta, siento en parte que me han impuesto algo, una intimidad, sin pudor. Pero entonces pienso en todas las escenas de sexo que he visto en mi vida: espaldas de hombres encaramados encima de mujeres a las que se les veían los pechos, las piernas kilométricas y lisas enlazadas a su alrededor. Y esas imágenes coreografiadas para ellos, editadas, cortadas dentro de los límites de lo permitido, las he contemplado en familia después de almorzar un domingo, y más allá de un mínimo carraspeo, nadie se ha escandalizado: es el sexo que se puede ver (y se puede experimentar, el hombre llegando, ahí arriba, a su deseo.) A veces ellas llegando de la misma manera que ellos: algo que ha generado tantas conversaciones en las camas del mundo acerca de la frigidez y los traumas por la ausencia de referentes reales.

 4. Esto es real

Este clímax deja las cosas claras, aquí no habrá reflexión, ni cuento, ni fábula, ni moraleja, ni si quiera “una visión” sobre el sexo, solo hay dos mujeres midiéndose las fuerzas y las ganas, a sí mismas y entre ellas en el ritmo del sexo: sin seducción, sin romanticismo, sin pornografía, sin intención más allá de la acción.

De nuevo pienso en Soloway que cuenta en su conferencia el mito de que los hombres inventaron el lenguaje como antídoto contra la magia de las mujeres que les daba mucho miedo (seres que sangran sin morir). La narración, que antes del cine está en la oralidad y en la literatura, lo ha copado todo de mirada masculina, es difícil salir de ésta con su propia herramienta y hacer otro arte.

Las happenings de The Living Theatre o las danzas en museos de Trisha Brown de los 70 fueron intentos de contar algo de otra manera, saliéndose del esquema narrativo clásico, se trataba de vivir o experimentar, no de entender algo masticado ya por otra persona.

En Ala y mesura no se trata de que entendamos nada, nadie (ningún hombre) quiere explicarnos como es el sexo femenino, cuánto debe durar, cómo se debe ver, qué debemos pensar, cuál es fea y cuál es guapa, cuánto es demasiado. Intérpretes y público experimentamos algo, por momentos muy cómico, por momentos molesto e incluso desagradable y esta experiencia compartida tiene consecuencias en nosotros, nuestro estado de ánimo y nuestra conciencia, y por eso pienso -y me da risa- que ver esta obra se parece más a cómo se desencadenan las cosas precisamente durante el sexo: irreflexivamente, a base de caricias, casualidades, besos que acaban en mordiscos, aburrimiento, choques de dientes, y a veces, clímax; y no a base de lógica, discurso, narración y entendimiento intelectual.

5. La mirada femenina

Al final de su conferencia, Soloway intenta dar un esquema de lo que sería necesario para poder filmar a través de una mirada femenina: lo primero sería priorizar el sentimiento o la emoción en el cuerpo,  “¡reclamar el cuerpo!”, algo que estas creadoras hacen por descontado, pues durante toda la performance ellas están en su cuerpo, y no en su palabra, ni caracterizadas por su relación o por su vestimenta, sino tan solo por el movimiento y por lo que éste les hace sentir.

Lo segundo sería mostrar como se siente una como objeto que recibe históricamente la mirada masculina, “ser vista”, y lo tercero, devolver esa mirada, destapar la mirada masculina afirmando “te veo mirándome”. Esto también ocurre en esta obra sin cuarta pared, y es el motivo de que por momentos nos sintamos impúdicos, aunque obviamente ellas quieren que miremos y hasta descaradamente se acercan al publico a mirarnos de frente para que sepamos que nos están viendo mirarlas.

No sé si Alba Soto y Sarah Gottlieb conocen las ideas de Jill Soloway pero parece que hubieran hecho una pieza de manual: una pieza sobre el sexo sin hombres, sin estereotipos, sin gafas patriarcales por las que mirar, sin poder nombrar “virgen”, “puta, “madre”, una pieza creo que nos pone un poco nerviosos a todos por lo que tiene de revolucionaria.

¿Cuántas horas debería representarse esta performance para igualar las veces que hemos leído, visto o experimentado el sexo desde la perspectiva masculina?